martes, 9 de agosto de 2011

La identidad ciudadana después del bicentenario. ¿Qué sigue?

Guillermo Nieto Arreola

¿Debe una Nación sentirse orgullosa de su identidad? ¿Es la identidad la que sostiene nuestro papel como ciudadanos a lo largo de tantos años de forjar la Nación? En ambos casos la respuesta es afirmativa. Nadie duda de la mexicanidad como el elemento subjetivo, casi heroico de nuestros logros, empero, sí podemos dudar en torno a lo que hemos contemplado o dejado de hacer como ciudadanos. En este último supuesto el panorama no es tan halagador. México es el país del votante, de la desconfianza y de la incredulidad ciudadana en la política. Ello puede resultar un tanto lógico pero no menos importante frente al proceso de transición que vivimos. Hemos luchado por nuestra independencia, celebrado un centenario y bicentenario el año pasado, pero hemos olvidado nuestro verdadero papel como ciudadanos a pesar de las vicisitudes y desperfectos del sistema. Pero debemos ser optimistas, si ello implica un gesto de  motivación para nuestra identidad.
Haciendo un repaso histórico, en 1917- dado el alto grado de analfabetismo- se votaba en forma verbal frente al presidente de la casilla; a mediados del siglo XX el voto fue universal a favor de la mujer; a finales de los 70´s se luchó por la representación creando los diputados plurinominales; en el ´89 le dimos vida al IFE; en el ´96 se ciudadanizó el órgano electoral y en 2007 se regularon las precampañas, se prohibió la contratación en radio y TV a cargo de ciudadanos y partidos políticos y se fortaleció la defensa del voto. ¿Estos hechos realmente son logros, aciertos o consecuencias de la compleja lucha por el poder? Y el ciudadano ¿qué debe celebrar cada vez que recuerda ser mexicano o a su terra mater? Estas son preguntas en las que transita el sentir ciudadano, no como requisito para la crítica, sino como necesidad existencial que responda el estado introspectivo que eche a andar al país: para valorar la grandeza de su federalismo que no apreciamos; la maravilla de lo que realmente vale ejercer el voto; exigir la imparcialidad con la que deben conducirse los órganos electorales, la independencia de las autoridades; el honor de ser mexicano en medio de tanta nostalgia violenta. Eso es recordar ser mexicano. Pero hoy, en medio de tantos desencuentros mediáticos y del espectáculo de la política hecha parodia, resulta que el mexicano tiene lo necesario para ser un buen ciudadano, pero no quiere.
Al mexicano sólo le falta hablar, actuar y valorar lo que el sistema le ha dado a lo largo de dos siglos de independencia, cuya identidad ha girado en torno a un Estado de excepción en el que no participa. Si la nacionalidad es sinónimo de identidad y ésta  a su vez es sinónimo de un buen ciudadano, estamos también reprobados, porque no hemos logrado encontrar la fórmula adecuada para empujar el desarrollo del país. El sistema electoral está ahí, casi perfecto, como modelo a nivel mundial, pero el dinamismo en el que se desenvuelven partidos y ciudadanos deja mucho qué desear. Tal parece que las leyes electorales (eminentemente restrictivas y de protección al voto), se hicieron para desobedecerlas. El fraude a la ley acompaña al ejercicio de la política, por lo que los órganos electorales se ven obligados a ir combatiendo onerosos conflictos legales en cada proceso electoral, todo por una proyección equivocada de lo que verdaderamente significa ser ciudadano.
            La identidad nacional debe girar en una idea de ciudadanía más responsable y comprometida, que participe con lo que el sistema le ofrece; que sancione cuando haya que hacerlo y que vigile cuando así sea necesario. Pero eso no se hace. El dinamismo político en el que navega la ciudadanía en México pareciera que se distanció de los ideales libertarios y revolucionarios de nuestros paladines de la historia, sobre todo, cuando lucharon por la soberanía (siglo XIX) o como cuando exigieron contra el autoritarismo la democracia, la tierra y la libertad (siglo XX).
            Ergo, ¿qué tipo de ciudadanía tenemos? ¿Qué sigue a años de distancia de haber logrado nuestra independencia? El sistema, las instituciones, el modelo de partidos están ahí, pero también la lucha descomunal por los cotos del poder, las camarillas, las élites, los poderes fácticos que contaminan lo bueno y, por ende, decepcionan al ciudadano. Esto también es una desgracia, mucho menor que la violencia pero con impactos irreversibles para la vida de una Nación, de un pueblo que observa, analiza, contempla a veces, participa en otras, pero que al final de cuenta, debería levantar la voz no precisamente para gritar viva México, sino para construir el país que le van a heredar a sus hijos y nietos, justamente cuando celebremos otro centenario y nos sigamos preguntando qué hemos hecho como ciudadanos.

miércoles, 29 de junio de 2011

Dos extraños...

DOS EXTRAÑOS que de la noche hicieron
una melodía de amor complacida.
Dos extraños sin pasado y sin futuro
envuelven el calor de la soledad;
yacen mirándose, besándose, acariciándose
a cada rato.

Dos extraños que desnudos
con el  cuerpo y con el alma
se fueron lejos del dolor y del amor equivocado.

Dos extraños que inseguros
rompen el silencio del corazón.

La soledad y el tiempo
los acaricia, los contempla, los hace soñar.

Allí están, pecando y cantándole al amor,
sin recuerdo, sin olvido, sin  nada que los detenga.
Dos extraños amándose como nunca
juegan a preguntarse si es verdad.


30 de septiembre de 2003.

martes, 28 de junio de 2011

 

TU MIRADA  no ha dibujado nada,

es una realidad sincera
que con ojos de buena fe
clama por la justicia del mundo.

Su vida anónima es tan sutil
capaz de amar sin condición.
Solo piensa en el tiempo,
la soledad, la muerte, la vida en sí...

Se pierde en el cielo,
se equivoca por placer,
se siente como tú.

Esa realidad confunde al amor con la hipocresía.
Piensa saberlo todo,
cuando realmente no sabe nada.

Así es de compleja.
Llora, ríe, se consuela,
en fin,
es  un triunfo
que a diario agradece a Dios haber nacido.

Mírala bien,
entiéndela, vívela,
ayúdale:
busca  –si no me equivoco-,
una oportunidad.



21 de marzo de 2002.

viernes, 24 de junio de 2011

Y el "manguito" se secó...


“Ante el aire se conmovía y siempre se convirtió en un objeto de reflexión. “

Muchas han sido las generaciones que lo vieron crecer, florecer y, hoy en día, secarse en plena agonía. Pijijiapan ha sido caracterizado por este atributo natural que a lo largo de los años permitió la identificación de un lugar poco común, como lo es el Manguito. ¡Sí!, se trata de un insignificante árbol que logró crear el enigmático centro de la ciudad, cuando realmente lo era el parque Miguel Hidalgo.
Quién sabe quién lo sembró; no sabemos si fue un “garrotero” de esos que iban en el tren, o bien si alguien actualmente se adjudica la hazaña, habría que preguntarle a Arturo Sibaja Carbott. El árbol al parecer, en aquellos tiempos atrajo la ciudad hacia el sur, al grado que ha sido pretexto para masturbarse un rato con la mente y escribirle cuando menos, un pequeño ensayo como éste, o bien, una poesía como lo hizo el Dr. Humberto Mayo Ángel -Digo, del único que sé que le escribió-.
Cuando uno llega a Pijijiapan, es decir, cuando alguien llega sin conocer la ciudad, existe una idea, una identificación poco usual de las calles.  
Aquí las direcciones como una avenida o el barrio “fulano” de tal, son poco comunes en el lenguaje logístico de la búsqueda de lugares. O sea, es más fácil ubicar la mente en el “Manguito”, y desplazarse automáticamente hacia los demás. Es como el ombligo de la luna de los aztecas, que en este caso, es el ombligo de los pijijis -Claro, también de zanates, pájaros y teporochos-.
Todos lamentan el acontecimiento de que ese árbol se haya secado ante la intolerancia del tiempo y la ayuda de nosotros.  Sin embargo, la sola percepción de los problemas es una enfermedad llamada comodidad; donde todos vemos y hablamos, pero sin ponernos de pie y actuar.
Es cierto que los tiempos de hoy son tiempos de cambio. Sí, como no. Pero de eso, a que veamos cómo se secó el Manguito, me da la impresión de que las nuevas generaciones estuvimos más preocupadas por otras cosas, que por aquello que en su momento significó una ayuda que ni la ciencia ni la tecnología brindaron.

Nos hemos independizado de la cultura, al grado que nadie fomenta los círculos de lectura o las conferencias. Tal vez algunos prefieren encerrarse a ensayar el juego de la “caguama”, que encerrarse a leer unos libros.
Entonces tenemos dos grandes problemas: primero, el Manguito se secó ante los ojos de todos, implorando perdón o qué se yo, pero se secó, así esté rodeado de oro por su vecino el joyero; segundo: la omisión flagrante de quienes somos las nuevas generaciones por permitir que así sucediera.
Lo mínimo que pudiéramos hacer, a parte de haber sembrado otro árbol que también se secó, es realizar año con año, un concurso de canto, música, poesía, dibujo, etc., en honor a ese simple árbol que para nuestros abuelos, les aseguro, significó mucho más que un tronco de madera con hojas secas que  es lo que nos queda.
De cualquier forma, hoy sembramos la esperanza de cuando menos, seguir con la tradición y cultura de que en esta esquina y de peso completo va a  estar siempre el manguito.
Por eso, esperamos que el transcurso del tiempo no vaya a ser pretexto para desconocer un atributo natural y cultural, que sin duda, ha distinguido la identidad de los pijijijapecos. A propósito de los que se destapan en Pijijiapan, habría que preguntarles cuál es su propuesta cultural…


jueves, 23 de junio de 2011

Veo el sol y la luna
en un destello de mis ojos;
mis manos recorrer tu cuerpo,
acariciar tu ternura,
sentir tu aliento,
respirar mi deseo,
tapar mi boca y no dejar
que mi alma pronuncie tu nombre.

Ahora que estoy sólo
añoro verme en ti,
viajar en la inmensidad de tu mirada,
sentirme amado, querido,
o cuando menos alguien,
para  estar ahí,
sentado frente a ti
bajo la penumbra del amor
que no aceptaba
por temor a equivocarme y que hora es solo tuyo

En el tránsito de las noches
acaricio soledades,
respiro tus recuerdos,
ahogo el insomnio en un suspiro
por no tenerte esta noche,
 aquí conmigo.




guillermo nieto arreola







viernes, 29 de abril de 2011

Los dilemas de las candidaturas independientes


Guillermo Nieto Arreola
Mucho se ha dicho en torno a las candidaturas independientes o ciudadanas como una alternativa que puede darle al país verdaderas posibilidades de cambio y desarrollo, derivado del desgaste y falta de credibilidad de los partidos políticos en la mayor parte de las democracias modernas. Sin embargo, la experiencia de esta posibilidad en los sistemas electorales no está exenta de riesgos, a pesar de que representa un fortalecimiento al mecanismo de participación ciudadana en los asuntos públicos y, en algunos países, dichas candidaturas optimizan realmente los derechos políticos de los ciudadanos.
Cualquier institución o modalidad en materia electoral responden a un contexto por dos razones: por su funcionalidad y por su necesidad. En el primer caso debe atenderse al papel que desempeñan dentro del sistema, su naturaleza, “funciones claves” que realizan, alcances, costos y beneficios; en el segundo, estamos ante su utilidad, las razones que la justifiquen y su viabilidad. No es lo mismo vivir en un estado democrático en donde no hay ciudadanos, que en uno en el que los ciudadanos hacen la democracia. En esto radica el debate, en el hecho de si las candidaturas ciudadanas son funcionales o necesarias en un país en donde los ciudadanos no hacen la democracia.
La frontera entre la participación ciudadana y las decisiones colectivas es compleja. Los partidos han entrado en un periodo de componenda política limitada por la negociación electoral y los acuerdos minoritarios, a grado tal, que México es el país con mayores procesos electorales y estructura administrativa y jurisdiccional para organizar, vigilar y calificar las elecciones. En esta complejidad, el sistema de partidos ha condicionado el funcionamiento del propio sistema político como estrategia de sobrevivencia y protección, que lo ha llevado            –muchas veces- a la polarización política, los gobiernos divididos y las oposiciones irresponsables, todo ello enmarcado en la competencia estrictamente electoral que los ha alejado del ciudadano.
Por esta razón, la alternativa de las candidaturas independientes es necesaria, pero puede ser no funcional o viable en una sociedad en la que, lo que menos existe es ciudadanía. Generalmente, el éxito o fracaso de este tipo de candidaturas dependen del contexto, más que de  la novedad o experimentación, incluso, la extensión geográfica, el número de electorales, los cargos a elegir, las formas de financiamiento y fiscalización, son aristas que mayor estudio requieren para conocer su funcionalidad o necesidad.
En México hay un clamor por la necesidad que representa abrir la puerta a una alternativa ciudadana, pero también se corre el riesgo de impedir que quienes aspiren, sean realmente candidatos del pueblo. La diferencia entre una u otra opción, lo determina al final de cuenta –ut supra- el contexto social, pero también el jurídico y el político. Los ciudadanos podremos estar muy ilusionados en pensar que una buena forma de participar en política es no etiquetarse con partido alguno (dado los niveles de desconfianza hacia ellos), pero eso no es garantía que las cosas ocurran siempre así. Al final de cuenta, no habrá democracia si no se optimizan otro tipo de derechos, como lo son los de acceso a la información, petición, asociación, reunión, libertades políticas y, desde luego, el voto libre. Todos estos derechos y libertades las determina la dinámica del poder político y el diseño y ejercicio jurisdiccional. Podremos tener el diseño más avanzado del mundo en materia de participación ciudadana, pero si los sistemas político y jurídico no lo complementan y corresponden, será simplemente un lujo, una joya guardada en el armario.
Lo viable en este momento, es acrecentar y promover la participación ciudadana en aspectos decisorios de la vida política nacional, en donde el derecho a disentir también deba reconocerse y respetarse. La dinámica en que se está presentado la lucha por el poder, puede llevarnos a la politización absoluta en la toma de decisiones, lo cual sería el exterminio del ciudadano, de ahí la necesidad de las candidaturas independientes. Sin embargo, también deben diseñarse mecanismos de vigilancia y sanción que eleve los niveles de confianza ciudadana en la conducción de las políticas públicas, la creación de la ley y la administración de justicia. No es posible que teniendo tantas reglas, el ciudadano siga desconfiando de las autoridades. Antes de pensar en que el próximo presidente pueda ser un ciudadano o un militante, debemos recuperar la confianza institucional y una buena forma de empezar sería, dándole la oportunidad –prima facie- a los municipios del país para que se organicen, decidan y elijan a sus gobernantes, dándoles una opción ciudadana si así lo consideran. Mi preocupación en la elección del poder ejecutivo federal, es que la figura de la candidatura independiente se convierta en la vía para quienes pretenden aprovechar la necesidad social y obtengan ventajas y legitimación, es decir, sean un verdadero hándicap en nombre de la democracia, lo cual me parece sería un verdadero fraude de ley al pueblo mexicano. Con justa razón Bobbio decía que el problema de la democracia, es el exceso de democracia.

jueves, 14 de abril de 2011

El derecho de los que menos pueden.

Guillermo Nieto Arreola
El derecho de las niñas y los niños más que una expresión de la ley, es un requisito moral de la calidad humana que nutre la razón de ser de la organización política. Un Estado constitucional no se concibe sin el reconocimiento de los derechos fundamentales, lo cual probablemente justifique cualquier teoría democrática, sea de la calidad que sea: procedimental, formal, marxista, positivista, consumista, liberal, la que sea. El asunto es sencillo: sin el reconocimiento y respeto de los derechos humanos el Estado pierde su valor; será todo, menos Estado.
Sin embargo, esta expresión también conlleva una proyección cultural, ello como resultado de las costumbres, formas o prácticas en que se han formado las sociedades modernas. Algunas tiene claro que el respeto de sus derechos básicos es un asunto moral o legal, pero que sin el goce de ellos, es muy difícil que el ser humano logre su desarrollo existencial y sea feliz; otras, ven en el reconocimiento de derechos un favor, una patente otorgada con poco alcance o disfrute para los individuos, y que por ello, se le debe guardar obediencia al costo que sea al otorgante, con el riesgo de ser atacados en cualquier momento.
En este contexto se desenvuelven los derechos de los niños (niñas), pero las prácticas dejan mucho qué desear. Pareciera que la sociedad política no se ha dado cuenta que los derechos de los niños ocupan un preocupación y en el mejor de los casos una ocupación en el ámbito internacional, pues como lo establecen la Declaración de los derechos de los niños y la Convención respectiva, sus derechos son inalienables e irrenunciables y los adultos y el poder político mismo deben guardarle respeto y reconocimiento. El problema es que parece que todos se olvidan y los niños no lo saben.
Por ejemplo, dicha declaración consigna que los niños tienen derecho a una familia, pero la sociedad y la clase política todavía no tienen claro qué significado tiene ese concepto: si aquella parte del principio de la conservación de la especie (hombre o mujer) o si se trata de un asunto de cariño, calor de hogar, de qué. Por si fuera poco, los niños tienen derecho a la protección durante los conflictos armados, y en las guerras son los primeros que mueren porque no hay quien los defienda y, más todavía, deben ser protegidos contra cualquier forma de explotación cuando en las calles es un secreto a voces que los mandan a vender cigarrillos o a pedir limosnas a los ojos de todos, haciendo del epicureísmo y la indiferencia una característica del hombre moderno, pues a nadie le importan estos niños, más que los suyos o conocidos.
Los derechos de los niños no deben verse solamente como un triunfo del derecho internacional, sino como una obligación de los Estados miembros por implementar políticas públicas y leyes que privilegien su difusión, respeto e, incluso, sanción a quienes los vulneren, porque tal pareciera que en la actualidad es uno de los grupos más vulnerables, sin derecho a decisión, libertad, recreación, nivel de vida, expectativa de desarrollo, etc. El tema es más un llamado a misa que un mandato coercible, lo que complica el hecho de que las niñas y los niños se sientan respetados.
Si a eso le sumamos que los adultos son quienes deciden por ellos (como ocurrió con el reconocimiento al derecho de adoptar a las parejas del mismo sexo) y se construyen expectativas fundadas en la optimización de otros derechos, con honestidad debemos reconocer que de nada sirve enterarnos que los niños tienen derecho a algo. De esta forma, encontramos que la sociedad misma es quien se encarga de suprimir la expectativa de los niños de este planeta. Esta es la razón por la cual el asunto tiene un alto grado de individualismo y no común o público, porque cada madre o cada padre va a cuidar, alimentar, proteger y construirle un futuro a sus propios hijos, sin importarle que en la calle hayan millones que no tienen siquiera para comer. A ese grado ha llegado la práctica social y se nutre con la ausencia de una política pública que privilegie el derecho de los niños, en donde un tema central en esto lo sea la educación.
El problema se torna alarmante, porque también hay miles de niños sin hogar y sin ninguna esperanza de que algún día cambiarán su condición social a través del estudio. Para darnos una idea del problema, según la UNICEF 200 millones de niños en todo el mundo, viven o trabajan en las calles, lo cual es más que toda la población de Francia y Gran Bretaña juntas. En Sudamérica, al menos 40 millones de niños viven en la calle; en Asia 25 millones; y en toda Europa aproximadamente otros 25 millones de niños y jóvenes viven en las calles. A este paso, en el año 2020, habrá 800 millones de niños en la calle. En Chiapas se estima que unos 100 mil niños en todo el estado no asisten a la escuela porque tienen que ayudar a la economía familiar y en el Distrito Federal existen más de 20 mil niños de la calle. Qué derecho ni qué nada, el problema es mayúsculo. Lo tenemos como un problema silencioso porque se trata del derecho de los que menos pueden frente al derecho de los que más tienen o deciden. En este sentido, discutir este tema conlleva necesariamente la responsabilidad en el actuar y no simplemente la contemplación y exaltación de las superficialidades si es que verdaderamente creemos que la igualdad y la equidad serán algún día el fundamento de una sociedad justa y democrática.